martes, 21 de abril de 2020

Sueños de Carnaval

Corría el año 1986, mi abuela materna estaba recientemente fallecida, era febrero y estábamos en pleno carnaval, de la época en que los niños les arrojaban bombuchas a las niñas (el machismo hasta en las pequeñas cosas) me crié en José León Suárez a 3 cuadras de la villa la Cárcova sobre Av Central, una calle que conecta Av. Márquez con el camino del Buen Ayre. Por ende la ruta de las comparsas pasaba por mi casa, en aquellas épocas no existía un Netflix que nos entretenga así que salíamos a la calle a ver el festival colorido, mucho ruido pero por sobre todo algo que me llamaba la atención eran aquellas mujeres grandotas, con 5 años sabía que eran travestis, era algo que sabía y no me lo cuestionaba, ni se lo cuestionaba a ellas, para mi que una persona con ciertos rasgos biológicos andróginos salga a la calle a bailar con una bikini multicolor de flecos no me resultaba para nada cuestionable, al contrario, era lo más llamativo, esas chicas irradiaban algo más que el resto, evidentemente esa sensación me quedó grabada en la psiquis, apenas recuerdo el resto de las personas, tan sólo a ellas.
Apenas habíamos salido de la dictadura y luego vendrían los edictos policiales, nunca me hubiera imaginado que cuando esas chicas terminaban de bailar, los coches de la policía las estaban esperando para llevarlas presas sólo por el hecho de existir, de haber sido testiga de eso también creo que otra hubiera sido mi experiencia, así que en mis recuerdos sólo quedó la “versión Disney” de todo aquello.
Viéndolo en retrospectiva el haber tomado todo ésto con total naturalidad demostró que había una configuración en mi psiquis orientada para ese lado, para lo agénero o el género mezclado, por el desprejuicio del hecho que tener pene no impide que me ponga una pollera.
Toda mi infancia transcurrió en esa naturalidad, para los cumpleaños de mis padres hacíamos obras de teatro, y como la directora era mi hermana (siempre quiso una hermanita menor) me colocaba un vestido viejo y un repasador en la cabeza que hacía de peluca, y yo giraba con el mismo puesto, como siempre fui fanática de los animales me gustaba que las abejas se posaran en mi vestido, era una especie de Aurora del conurbano.
También le sumábamos a que no teníamos recursos y mi hermana al ser la primeriza fue la que más regalos recibió, por ende cuando llegaba el verano nos colocaban las mayas de nena para tirarnos en la pileta (la Pileta era una bañera vieja colocada en la terraza). Así que mi “crossdressismo” fue gozado desde chiquita inconscientemente, naturalizado por mis padres por situaciones económicas, hasta que al llegar a mis 12 años mi madre mostró preocupación (por medio de enojo) al darse cuenta que había usado un lápiz labial, algo que se usaba “cada muerte de obispo” ya que la única persona que le gustaba maquillarse en esa casa era yo, ni mi madre ni mi hermana gozaban de tal actividad.
Lo que fue un juego de niños pasó a  ser preocupación en el desarrollo. 
Cómo desnaturalizar en la cabeza de una niña travesti acercándose a la adolescencia algo que había naturalizado a sus cinco años? Por qué de repente lo que estaba bien pasaba a ser algo que estaba mal. Me lo iba a decir la misma persona que me ponía las mayas aquellos veranos? Qué lógica tendría todo aquello?
Los retos de mi madre sólo me ayudaron a concluir en aquel entonces (y ahora) que “vestirse de mujer” no estaba mal, que tan sólo a ella no le gustaba pero a mi si.
Hay algo que yo llamo el “Síndrome del Paki”: es la gente que se ríe con Lizzy Tagliani en la tele, paga una entrada al teatro para ver a Florencia de la V y las bancan porque son personajes ajenos a nuestro núcleo, el problema está cuando, esas personas comienzan a formar parte de nuestro núcleo, mi madre no tenía problemas con aquellas travestis que bailaban al son de los redoblantes y trompetas, porque eran ajenas al núcleo, pero el problema comenzó cuando el propio núcleo comienza a "contaminarse” de ese travestismo que llegó para quedarse. Leo muchas Cross que dicen que han llegado a tirar sus ropas femeninas para reprimirse completamente. Pero muchas sabemos que esa represión nos explota en la cara, si no lo hacemos público, lo hacemos clandestino, y en vez de ir a un encuentro de amigas con la misma onda, comenzamos a divagar por los callejones más oscuros donde cualquier cosa puede pasar.
Yo tuve la fortuna de tener una amiga en el  secundario que se le ocurrió para la primavera disfrazarnos de las Spice Girls, a mi traje le puso muchas ganas, recuerdo que hizo una peluca con lana, tejiéndola hebra por hebra. Siempre fui el fetiche de mis amigas, cuando estaban aburridas me maquillaban y yo claramente accedía, y tal fue así que en la madurez mi madre Drag me tomó completamente y no sólo me maquilló sino que también me vistió y calzó, y desde ahí supe fervientemente que eso no lo querría interrumpir más. Muchas de nosotras conocemos el placer de sentir esa tela ajena a nuestros cuerpos, el ajuste del zapato de taco, el bamboleo de nuestra cabellera larga de cane calón. 

Yo me había cruzado de vereda, era más la travesti que bailaba que el niño que la miraba absorto, y encima con un privilegio doble, sabía que no iría presa por vestirme así, y mi trabajo era sentada en una silla y no adentro de un auto en la clandestinidad.
Tal vez sea ese el motivo por el cual hoy por hoy me movilizo, porque deseo que el día de mañana una niña trans, cross o drag, que aún no se descubrió, vea una referenta suya bailando en pleno carnaval con la seguridad que esa bailarina mantenga la alegría también en el día a día.

No hay comentarios:

Publicar un comentario