Qué pasa con nuestros corazones cuando nos tratan bien? Qué es lo que sentimos cuando sentimos? Qué cosas se nos despiertan cuando nos abrazan y nos acarician? Imaginate todo eso pero con una pandemia en el medio que hace que todo sea más restrictivo, como humanxs tendemos a querer romper las reglas en el preciso instante que abren una oración con la palabra “NO”, cuántas veces vimos basura acumulada debajo de un cartel que rezaba: “No arrojar basura”. Y qué pasa cuando el presidente de una nación nos dice: “NO salgan a la calle”, “NO tengan contacto con otra persona”. Más queremos salir a la calle y abrazarnos y besarnos con la gente que queremos. Personalmente soy una persona kinestésica, siento que de a poquito voy perdiendo mi vitalidad con cada día que pasa sin el contacto afectivo.
A toda ésta situación agregémosle que conocí una persona, una persona que podría haber sido como cualquier otra, más no lo fue: todo empezó muy descomprimido, él me mandaba mensajes cuando yo no estaba conectada y yo se los respondía cuando él no estaba conectado, y estaba todo bien porque no había apuro, en otras situaciones a cualquier otro hombre si no le respondés enseguida está el infaltable “estás?”, al que estamos acostumbradas porque en ésta cultura patriarcal es bien sabido que tenemos que dejar todo de lado para atender sus exigencias.
Hasta que por fin en el mar de desencuentros me pasa su celular, gran sorpresa la mía que al agregarlo veo su foto en el Avatar de Whatsapp (generalmente colocan frases de autoayuda porque no se animan a mostrar su rostro ya que están de trampa y tienen miedo que los escrachemos como ellos nos hacen a nosotras compartiendo fotos teniendo sexo o incluso muertas, como ha pasado con Natacha Jaitt). Su rostro era una especie de Robert De Niro vegetariano en las épocas de “La familia de mi Novia” un hombre canoso cincuentón con una media sonrisa que dice: me duele la vida pero no pienso demostrártelo. Tal fue así que a diferencia de los chats encubiertos fueron muchos minutos de charla telefónica hablando de su vida megalómana, contando que se iba a juntar con sus amigxs para cenar afuera y que no había problema que fuese domingo porque al otro día trabajaba desde la casa hasta las 15hs así que tendría tiempo para dormir la siesta y recuperar horas de sueño (yo escuchaba todo ésto mientras preparaba mi mochila porque al otro día debía ir a laburar a la oficina).
Y como una obra del destino, éste señor que vive a 42km de casa, que nunca me encontraba online, me comenta que debe ir a ver una obra en construcción a 8 cuadras de mi casa, me pareció una excelente oportunidad como para decirle que nos podríamos ver, cuando concretamos, me hace una pregunta que viniendo de otras personas mi respuesta hubiera sido un NO rotundo (como los “NO salgas de casa” de Alberto Fernández): “me puedo quedar a dormir?”. En ese momento sentí que me lo estaba preguntando un alma inocente con la voz de un señor de 50 años, algo en mi interior se ablandó, tal vez mi instinto travesteril me avisaba que se acercaría una pandemia y que por muchos meses no podría volver a tener contacto con algún ser humano, o simplemente la confianza que mostró desde el primer momento hizo que le responda que SI sin dudarlo.
Esa construcción de un ser melómano que había hecho en mi psiquis comenzó a disiparse cuando me dijo que se tomaría un colectivo y un tren para venir a verme, que el hecho de poder dormir la siesta un lunes no era un privilegio comparado con que es un laburante autónomo y que el trabajo había bajado bastante gracias al último año del gobierno de Macri y que aún no repuntó. No podía hacer menos que ir a buscarlo a la estación, el tren vino demorado y la multitud que bajaba del mismo no me permitía reconocerlo, pero él vio mis rulos colorados desde arriba del tren y me pudo encontrar fácilmente.
Lo fui a buscar con unos pantalones Oxford de mujer (para la jerga binaria) y mis zapatillas rojas acharoladas, no podía dejar pasar la oportunidad de ponerlo a prueba, el viaje largo era una de ellas, la segunda prueba (como si se tratasen de los doce trabajos de Hércules) era saber si no le daba vergüenza estar en algún local con gente hablando con una travesti, muchos hombres que se me han querido hacer los novios reculaban cuando les preguntaba si se animaban a salir a pasear conmigo, todos son “Los novios de América” entre 4 paredes, pero a la hora de exponerse, se convierten en novios de closet (si, el closet también existe para los cis-héteros).
Así que decidí que vayamos a comprar empanadas a La Perla de Villa Ballester, que si bien son muy ricas, el dueño y sus empleados son unos seres bastante machirulos, que siempre me atienden con distancia como si fuese portadora de coronavirus y que sus posts en las redes sociales dan cuenta de ello.
Y lo más campantes fuimos a casa con nuestras empanadas y latitas de cerveza, detrás de esa coraza de hombre rudo de la generación no-deconstruida, me animé a darle un pico en el ascensor y fue lo suficiente para que se quede cerquita mío mirándome fijo, yo estoy acostumbrada a guardar distancia porque generalmente los hombres me dicen que no los mire fijo hasta que no me maquille porque sino no se les para (sic). Él me había dicho que era linda antes de cruzar la calle para ir a La Perla, y eso que yo no tenía una gota de maquillaje.
Había llovido y el clima refrescó, que mejor momento para hacerse mimos?
Al otro día mientras se fue a laburar me dejó las llaves de su casa, como diciendo: “quedate tranqui que voy a volver” (parece que él también sabía que se vendrían épocas difíciles).
Los hombres en la gran mayoría son torpes con las manos, todo porque en éste mundo machista entrenaron a las mujeres para cocinar, lavar los platos y levantar la mesa, mientras los hombres practicaron la tosquedad de ajustar tornillos. Él manipulaba las verduras como si fuese David Copperfield preparando un truco, me crié con un padre que ama la cocina, pero sus manos siempre fueron torpes, mi madre siempre limpió los desastres que hacía en la mesada, lo que no quitaba el exquisito sabor de sus comidad, en cambio yo no tenía que ocuparme de la limpieza porque cuando me daba vuelta ya estaba todo limpio con mi Robert de Niro de Temperley, ese mismo arte de las manos lo usó para acariciarme, no pude encontrar una lógica física para que unas manos callosas sean tan suaves a la hora de recorrer mi cuerpo; como dije en su momento, “parecería que atravesaran mi dermis”.
Hasta que se fue y no lo pude volver a ver al día de hoy, ésta pandemia que hizo que nos quedáramos en casa, con personal de seguridad en la calle, nos separó. Pero el virus no contó con que él tenga llamadas libres debido a su trabajo, y ahí estamos horas eternas hablando como si no existieran esos 42 km de distancia, no idealizando nada ni proyectando nada porque si hay algo que estamos aprendiendo con ésta cuarentena es que no sabremos qué pasará en un futuro y hay que disfrutar el momento.
Como me dijo un profesional en su momento “ahí hay amor” porque no importan las etiquetas para que haya amor, él me dejó sus llaves con total confianza y yo acepté que se quedara a dormir.
En los momentos en que se nos escapan los “cuando salgamos de ésta situación” y comenzamos a “flashear en colores”, prometió cocinarme un guiso de mondongo, un plato que despierta todo mi edipo porque mi viejo lo hace muy rico, a lo que yo en un impulso de bajar un peldaño de mi transfeminismo le dije que el día que me cocine eso yo me produciría con mis mejores maquillajes, a lo que él me respondió: “No quiero, me gustás así al natural”.
Tal vez el aislamiento nos haga ver las cosas con colores más fosforescentes, tal vez el pensar que no hay un mañana nos hace más efervescentes, tal vez los “NO salgas de tu casa” hacen que nos toquemos con las palabras. Tal vez cuando levanten la cuarentena no nos veamos más ni hablemos más por teléfono. Pero lo que es cierto es que el amor en los tiempos de coronavirus existe y es necesario practicarlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario